sábado, 11 de febrero de 2012

LOS VERDADEROS LOGROS SE MIDEN POR EL SACRIFICIO QUE NOS DEMANDAN

La mayoría de las veces, nuestros problemas de convivencia pueden solucionarse simplemente practicando el ejercicio de “ponernos en lugar del otro”. La propia incapacidad de nuestra adaptación, por otra parte, dificulta el aprendizaje de conductas proactivas.

 Ante la existencia de evidentes problemas de convivencia y adaptación social, lo primero que hay que entender sobre la situación es que hay personas cuya torpeza en las relaciones humanas proviene, simplemente, de haber recibido una escasa (o muy deficiente) educación en todo lo referente a las normas de comportamiento social. Estas mismas personas, cuando advierten sus propias carencias, pueden sentirse invadidas de un considerable miedo a no saber manejarse con soltura o a cometer errores que les parecen extraordinariamente ridículos. Pero tampoco es ajeno entender que también muchas de estas personas son, simplemente, por naturaleza más torpes para aprender las normas de buena convivencia, aunque se las hayan enseñado con esmero y corrección. Muchas veces serán las dos cosas y se potenciarán la una con la otra. La falta innata de habilidades sociales suele generar una cierta ansiedad en quien la padece, al advertir su propia torpeza, y eso dificulta por añadidura su capacidad de aprender.

 Sugerencias

Cabe destacar que los comportamientos sociales son adquiridos, por lo cual se puede trabajar en ellos hasta mejorar nuestra convivencia y nuestras actitudes frente a los demás, para lo cual es necesario comenzar a poner en práctica una serie de conductas: Iniciar o mantener con soltura una conversación circunstancial, para no ser de esos que a las dos palabras tiene que despedirse con cualquier pretexto, porque apenas tiene conversación y no saben que más decir. Mostrar interés por lo que nos dicen, y hablar sin apartar la mirada, saber decir que no, o dar por terminada una conversación o una llamada telefónica que se alarga demasiado, darse cuenta de que el interlocutor lleva tiempo emitiendo discretas señales de su deseo de cambiar de tema, o de terminar la conversación o la visita. No invadir el espacio personal de los demás (no acercarse físicamente demasiado al hablar, no entrar en temas o lugares que requieren andar con mucha más prudencia y respeto, evitar preguntas molestas o imprudentes, etc.) No emplear tonos paternalistas, o de reconvención inoportuna, de hostilidad o de superioridad (todos ellos despiertan incomodidad o actitud de defensa en el interlocutor). Pedir perdón cuando sea necesario, dar las gracias y pedir las cosas por favor, por ejemplo, es más importante de lo que parece.

Reconocer y aceptar

 En este aprendizaje por mejorar nuestras conductas es importante reconocer los mensajes emocionales que emiten los demás, y también acertar en los que emitimos nosotros. Ambas sensibilidades suelen estar muy relacionadas, y ambas son muy importantes. Con frecuencia, por ejemplo, una simple expresión facial inoportuna o desafortunada, o un comentario o un tono de voz que se interprete de forma negativa puede hacer que los demás reaccionen de forma distinta a lo que esperábamos, y nos sentiremos frustrados ante esos efectos indeseados de nuestro comportamiento. Por eso resulta decisivo aprender a situarse en relación a cada persona, sabiendo que cada uno puede tener una forma de ser muy distinta a la nuestra.

El trato

Respecto estrictamente a nuestro comportamiento, no basta con tratar a los demás como queremos que nos traten a nosotros, hay que tratarlos como querríamos que nos trataran si fuéramos como ellos. Un ejemplo es lo que sucede con la idiosincrasia de cada país o región, o con el estilo propio de cada ambiente social o tipo de personas. Podemos ver que hay modos de decir o de tratarse que en un lugar pueden resultar muy normales, pero en otros resultan chocantes. En unos ambientes, por ejemplo, es habitual tratarse enseguida con mucha confianza, pero en otros lo normal es ir más despacio, y lo que en unos sitios puede ser una muestra de franqueza, en otros puede parecer agresivo o provocador. También hay que tener presente que la gente de determinados ambientes o lugares suele ser más sensible, y tratarse entre sí con mucha delicadeza, empleando un tono más apacible y diciéndose las cosas de modo menos franco y directo y, si alguien ajeno a ello no actúa de esta determinada manera, entonces parecerá una persona seca y cortante. En cambio, en otras circunstancias, esa actitud resultaría extraña, o podría interpretarse incluso como de falta de confianza o de carácter.

No hay comentarios:

Publicar un comentario